viernes 9 diciembre 2022

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El final del verano y sus consecuencias para nuestra mente

Faltan tan sólo dos días para que el mes de agosto llegue a su fin. Poco a poco vamos haciéndonos a la idea de decirle adiós a este verano. Un periodo estival que ha tenido sus luces y sus sombras. Por un lado, ha supuesto la recuperación del sector turístico, tan castigado durante los dos últimos años en los que la pandemia nos marcaba los pasos. Por otro, será recordado por las continuas olas de calor que nos han tenido pegados al aire acondicionado y por los terribles incendios forestales como el de Vall d’Ebo y Bejís.

El final del verano no sólo significa la vuelta a casa y a la rutina, sino que también tiene algunas consecuencias en nuestra mente que conviene señalar. El síndrome postvacacional puede atacarnos fuerte después de unos días de merecido descanso. Por eso, hay algunos expertos que recomiendan no volver de viaje justo el día antes de regresar al trabajo, sino hacerlo con unos días de margen. De esta forma, ya en casa podremos más o menos acostumbrar al cuerpo a volver a su ritmo normal y el shock no sea tan grande. También necesitamos descansar después de un largo viaje. Esto es lo que se llama necesitar vacaciones de las vacaciones.

A por las siguientes vacaciones

Cuando terminamos nuestros días libres solo hacemos que pensar ya en los siguientes festivos. Buscamos descontar los días que quedan hasta llegar a ese momento en el que podamos volver a hacer ese gesto tan placentero de quitar el despertador. Hacerlo es algo casi místico cuando vamos a acostarnos. Esa es una buena técnica de motivación para tener un objetivo en el punto de mira. En este caso es llegar hasta esa fecha, lo que nos hace trabajar con mayor alegría y productividad.

Con la llegada de septiembre también se empieza a notar como los días se van haciendo más cortos conforme va avanzando el mes. Esto también supone un pequeño desajuste en nuestra mente. Nuestra sique suele asociar una hora más temprana o más tardía según si hay más o menos luz solar. Además, también supone tristeza. Las ganas de salir a dar una vuelta o tomar algo después de trabajar se van disipando. Vemos que es de noche y sólo queremos cenar, descansar y meternos en la cama calentitos.

El ver como va anocheciendo cada vez más pronto nos hace sentir una tristeza, una sensación que aplatana y que nos quita la ilusión. Necesitamos ver la luz del sol para mantener nuestra energía activa y sentirnos despiertos. En invierno las ganas de socializar durante las tardes de entre semana disminuyen de forma sistemática. Nuestra única motivación es acabar la jornada laboral y volver a casa.

Noches de invierno y noches de verano

Cualquier otra cosa se nos hace bola, ya que al ser de noche nos da la sensación de que es muy tarde. Al contrario ocurre en verano. Al ser el día más largo no acabamos de ser conscientes del momento en que llega la hora de cenar. Es algo curioso ver que tenemos que empezar a cenar cuando el sol todavía está bronceando nuestra piel. Pero así es.

Que sea verano o invierno es algo que afecta a nuestra mente de forma directa y que hemos de tener muy en cuenta. Podemos buscar tácticas para frenar estos efectos, como por ejemplo tener la rutina de quedar siempre con alguien al salir del trabajo, de forma que no nos hundamos en el sofá antes de hora.

El tiempo vuela. En nada estaremos en Navidad. Tras estas fiestas invernales, inmediatamente después llegará la Magdalena. A continuación de nuestras fiestas fundacionales será el turno de la Semana Senta, desembocando de nuevo en el añorado verano. Vayamos tachando días del calendario.

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